La revolución profunda

La situación de las cosas y las personas es peor al final de un conflicto que al inicio, para cualquiera de los involucrados. Casi siempre ganan los poderosos, son raros los ejemplos que venzan los que no tienen poder, y si lo hacen, luego también serán poderosos. Quienes obtienen las mejores ganancias nunca estuvieron en los conflictos.
La humanidad no ha aprendido la lección, con terquedad tropieza con la misma piedra.
Queremos explicar todo sólo con nuestra razón limitada, que no es más que la punta del iceberg que emerge de las aguas de la conciencia profunda, esencial. Está bajo las aguas, que apenas percibimos a través de nuestros sueños.
La razón, aún siendo intensa y concentrada, es efímera, sólo da cuenta del presente inmediato y su ambiente circundante, disponiendo sólo de la experiencia individual, el resto del conocimiento es de origen externo recibido por otros medios (libros, audio, películas, tv). Limitado al “yo” superficial. Sólo podemos conocer lo pasado, lo estático, lo que está muerto. No podemos conocer la Verdad que es continuamente creadora, viviente.
Con esta razón limitada tratamos de sostener ideas marchitas, de sostener tercamente unas ruinas que se están derrumbando.
Es la “era de las guerras entre lo humano y lo divino, entre la conciencia y el mito, el presente y el pasado”, ante el nuevo albor que surge y rompe como cáscaras de huevo las ideas vetustas, que defendemos erróneamente como verdades absolutas, que siempre lo serán si provienen de nuestra obnubilada razón, enceguecida por la estupidez de divorciarnos de lo esencial, lo primigenio.
Estamos enceguecidos por nuestros prejuicios, por confiarnos en una conciencia que no ve más allá de lo inmediato, en una ciencia que no ve más allá de sus narices, lo que está más allá entraría en el terreno de la especulación y la superstición.
Hemos intentado incursionar en ese espacio desconocido, pero sólo hemos avanzado un milímetro en ese espacio del tamaño del cosmos, y a estas alturas somos tan estúpidos que creemos que con la razón y el conocimiento alcanzaremos la Verdad y la solución al Gran Error que mata seres inocentes, seca ríos y desaparece bosques.
Es cierto que la ciencia y la tecnología han avanzado exponencialmente de una manera vertiginosa, pero aún así es una infinitésima parte de la Gran Sabiduría, llámese Dios, Energía Universal, Naturaleza, o como quiera llamarle.
Curioso es que entre más triunfamos sobre el tiempo y más rápido nos desplazamos, menos tiempo tenemos. Sobre todo tiempo para indagar en nosotros mismos, de profundizar en nuestro ser. Toda nuestra vida está dirigida hacia el exterior. Los culpables de nuestras desgracias, los enemigos, están siempre fuera de nosotros: el papá borracho, la educación ineficiente, los gobernantes corruptos, el capitalismo salvaje, el imperialismo yanqui, ellos, ellos, ellos… yo no, yo soy bueno, yo soy inocente. Viendo sólo el aspecto periférico y superficial del origen de todo.
Lo que somos, el lugar en que estamos, es lo que hemos pensado. El mundo es un reflejo de lo que somos. Esa disparidad entre nuestro casi nulo avance espiritual y el avance fulminante de la técnica es el origen de todos nuestros desequilibrios.
De poco vale cambiar las estructuras externas (economía, política, leyes) si previamente no se ha hecho una transformación radical y profunda de nuestras mentes y corazones. Montones de libros y montones de teorías se han escrito, presentando fórmulas y los males del mundo son cada vez peores. Las modificaciones externas no son más que “pañitos calientes”.
Cada uno de nosotros somos responsables de este malestar, de una o de otra manera, nadie está exento de culpa. El origen es nuestra confusión. Somos víctimas de nuestras propias creaciones.
Es imperioso un pensamiento certero, justo, liberador, pero este conocimiento no surge de ningún partido, de ninguna iglesia. Cuando nos adherimos a un sistema de ideas, a un sistema de dogmas, dejamos de ser autónomos, dejamos de ser libres. Los partidos y las iglesias ponen fin al proceso de pensar, hacen aletargar, mecanizar, dejar al individuo en una inercia espiritual.
Es más cómodo tratar de reformar la sociedad que transformarse a sí mismo, y esa transformación no surge con dogmas religiosos, ni con asambleas, ni con la propaganda, ni mucho menos por la fuerza. El conocimiento profundo surge a partir del momento que nos liberamos de las palabras de mando, vengan de afuera o de adentro, por los dogmas, las teorías, las ideologías de masa.
El conocimiento de la Verdad jamás surge del pensamiento. La Verdad carece de razonamiento, no se construye, simplemente es, sólo se llega con un trabajo de clarificación, de deslastre, de remoción de un montón de ideas caducas, rancias, en proceso de putrefacción. La verdad no se piensa, la Verdad se revela con lucidez.
Quien tenga el valor y la inteligencia de dudar de todos los valores de una falsa civilización que hemos asumido mecánicamente, de liberarse de toda la verdad que le presentan, de toda obediencia, de toda imposición, de toda autoridad (humana o espiritual), de toda creencia, de todo dogma, de toda doctrina, de todo ideal, de todo conformismo, de toda idea adquirida, estará en el preludio de la liberación.
Esta transformación se genera por un cambio profundo de actitud, por medio del conocimiento de sí mismo, cuya consecuencia inevitable es la superación del ser.
No quiere decir que hay una oposición a las reformas económicas y sociales, pero éstas son consecuencias de una transformación espiritual del individuo.


