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¿Encontraría a la Maga?

24 enero 2012

Sí, la había encontrado, su silueta delgada no se inscribía en el Ponts des Arts, sino por el Museo Nacional. De buenas a primeras supo que era ella, al él encender un piel roja y ella pedir un tinto en un cafenticito. Se sentaron uno al lado del otro en la barra y él le preguntó por Rocamadour, ella sonrió que más bien Laurita y que tenía siete años.

-¿Y vos cómo te llamás?

-Horacio.

-Sí, claro, vos no te llamás Horacio.

Su acento no era ni argentino ni uruguayo, era más bien como ocañero, pero quizá también de la costa, o quién sabe.

No hubo medialunas sino un par de tintos que en medio de ellos se contaron un gran pedazo de sus vidas, pero de la Maga siempre faltaron pedazos.

-Mi vida- se justificaba ella -ni borracha la contaría. Y no me va a entender mejor porque le cuente mi infancia, por ejemplo. Le voy a decir una cosa, a veces sueño con mi escuela de monjas, con Sor Berenice que se le notaba el hilo dental bajo el vestido, o de cuando yo tenía diecinueve años y vino el novio que tenía a cantarme serenatas con canciones de Arjona, qué asco.

Luego vinieron otras veces, enfurruñados en una escalinata en La Candelaria o en un banco del Parque Nacional, luego un suspiro largo de ella cuando él le contaba un mito griego, los besos tibios, con sus lenguas yendo y viniendo, llenos de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura, con un sabor a fruta madura.

Lo que se llamaba amarse fue quizá que estaban sentados en un lado de la plaza de Bolívar y ella con una florecita amarilla y él con un librito de Omar Kahyam.

Y también él estaba en busca de la explicación con su brazo apretado a su cintura fina y caliente, a su concreción nebulosa, a encontrar en ella a su cómplice, a su nube, a su compañera transparente, y hacerle saber con sus diez dedos que él estaba loco por ella.

Una vez la Maga había pretendido inocentemente hacer literatura, mientras él le miraba las manos, y fue la necesidad de tocarlas, de pasar sus dedos por cada falange, explorar con un movimiento de kinesiólogo japonés la ruta imperceptible de sus venas, enterarse de la condición de las uñas, sospechar quirománticamente líneas nefastas y montes propicios, oír el fragor de la luna apoyando contra su oreja la palma de una pequeña mano un poco húmeda por el amor o por una taza de té, y llevarse de la mano a la Maga, llevársela bajo la lluvia como si fuera el humo del cigarrillo, algo que es parte de uno, bajo la lluvia en un jardín, como si en ese jardín se pudiera cortar una flor y que esa flor fuera la Maga.

Otras veces fueron navegantes de los sueños boca a boca, a veces sin desligarse, los sexos unidos y tibios, los brazos como guías vegetales, las manos acariciando aplicadamente un muslo, un cuello…

En fin, no es fácil hablar de ellos dos, él a esta seguramente estará escribiendo un relato recordándola y plagiando frases de algún libro famoso, y ella pintando una reproducción de la última cena, o mirando una luna creciente.

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